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Golosinas, ¿tentaciones prohibidas?
golosinas

Golosinas y caramelos representan un auténtico tesoro para los más pequeños y si por ellos fuera, constituirían la base de su alimentación. Evidentemente, ningún adulto permite semejante aberración dietética, aunque son pocos son los que se resisten a no satisfacer el capricho alguna vez. Pero, ¿realmente resultan tan perniciosas como se dice? En el conocimiento y la moderación está la respuesta.


Dulces y pequeñas tentaciones de colores y formas llamativas, las golosinas atraen a los la gran mayoría de los niños. Su demanda encuentra en los adultos respuestas que van desde el permanente y el consumo sin control al no taxativo y la imposibilidad de probarlas. Entre una y otra posturas existe un arco de alternativas casi infinito.

Mala imagen
La verdad es que la fama de los caramelos, chicles y las chuches en general es mala y existen razones reales que la avalan. En primer lugar, son muy ricas en azúcar, lo que incide en el sobrepeso y la obesidad, un problema que está alcanzando proporciones alarmantes entre los más pequeños. Por otro lado, el consumo excesivo de azúcar daña los dientes ya que, mezclada con la saliva, activa el desarrollo de los microorganismos que provocan las caries. Por otra parte, al tomar golosinas en exceso se está ocupando el lugar de otros alimentos más sanos y con mayor calidad nutritiva, de tal forma que la dieta general se ve afectada y desequilibrada, y se pueden producir carencias vitamínicas y de otros tipos. Además, tomar caramelos y gominolas a todas horas no es la mejor forma de generar hábitos alimenticios correctos, los cuales deben fomentarse desde la infancia.

Consumo responsable
Cualquier dieta saludable se basa en un concepto general: la moderación. Prohibir las golosinas sin más haría la vida de los niños bastante más infeliz sin que con ello se consiguiera ninguna mejoría radical de su calidad de vida. Lejos de aconsejarlas como un elemento indispensable de la dieta (se puede vivir sin consumirlas), es justo hablar de su composición y de lo qué ofrecen al organismo.

Su componente principal, el azúcar, resulta un enemigo de la salud si se consume sin freno, pero tomado en cantidades adecuadas es necesario y no perjudica en absoluto. Hay que recordar que la glucosa es el alimento fundamental del cerebro, aportándole la energía que precisa. Igualmente es necesaria en momentos concretos en los que el gasto energético del cuerpo es alto, como cuando se practica una actividad física fuerte superior a la normal.

Por otro lado, variedades como las gominolas llevan gelatina que aporta proteínas sin contener prácticamente grasa. Respecto al tema del sobrepeso, hay que recordar que un caramelo o un chicle contiene 17 calorías y cinco de ellos ofrecen el mismo aporte energético que una porción individual de mermelada. Por tanto, lo que hay que evitar son los atracones frecuentes, no el hecho de comerlos de vez en cuando.

Los consejos de los profesionales
El azúcar incide en la aparición de caries, pero es sólo un factor desencadenante y, desde luego, no el más importante. Si se practica una buena higiene dental, cepillando los dientes tres veces al día, y se utilizan pastas dentífricas fluoradas el consumo de golosinas no tiene por qué determinar el desarrollo del problema. Todas estas conclusiones son parte de un estudio desarrollado y avalado por la Asociación Española de Dietistas y Nutricionistas. Eso sí, es mejor tomar los caramelos y los chicles de una vez, que estar consumiéndolos en distintas dosis a lo largo de varias horas o un día. La razón estriba en que el riesgo de que se desarrollen microorganismos en la boca tiene que ver con la frecuencia de la ingesta de azúcar. Además no hay que olvidar que hoy existen en el mercado chicles y caramelos que no contienen azúcar, sino edulcorantes, y variedades enriquecidas con vitaminas y minerales, incluso fibra, que en ningún momento deben sustituir a ningún alimento, pero sí pueden contribuir a enriquecer la dieta.

Las golosinas no tienen por qué desaparecer de la vida de los más pequeños ni de los adultos. No está de más recordar que la atracción por el sabor dulce es una preferencia innata en el hombre (a diferencia del salado, cuya predilección es aprendida) y al
hallarse escrita en nuestro código genético, resulta verdaderamente difícil no satisfacerla
de vez en cuando.

3 de mayo de 2004



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