
Desde las costas del Cantábrico a la cuenca mediterránea, las sardinas gozan de gran aceptación en las mesas de todas las clases sociales. Su precio muy asequible contrasta con su riqueza en vitaminas y sabor.
El nombre de sardina viene del latín sarda, como se conocía a la isla de Cerdeña, famosa por las grandes capturas de este pescado que se llevaban a cabo en sus aguas. Siempre controvertidas, al desprecio que los griegos sentían por las sardinas se oponía el entusiasmo manifestado por los romanos. Cuando el Emperador Carlos V desembarcó en España a través del pueblecito asturiano de Tazones, probó por primera vez las sardinas asadas y le gustaron tanto que obligó a su mayordomo a anotar el nombre y la forma de condimentar estos humildes pescados. La sardina tuvo defensores apasionados en gastrónomos de fuste, como Álvaro Cunqueiro y Julio Camba y, actualmente, se considera un alimento delicioso y muy saludable para todos.
Tipos de sardinas
Existen dos subespecies de sardina: la atlántica de gran tamaño, cabeza pequeña y cuerpo grande; y la mediterránea, más terciada. La calidad no depende de la forma o el tamaño sino de la frescura de su carne y de la época del año en que se captura. Aunque pueden consumirse durante todo el año, su mejor momento es de Virgen a Virgen, del 16 de Julio, fiesta del Carmen, a la Asunción que tiene lugar el 15 de agosto. La razón está en que, al calentarse las aguas superficiales donde habita, el plancton del que se alimentan estos voraces peces, es muy abundante, y la sobrealimentación hace que se acumule grasa bajo la piel y mejore sensiblemente su sabor. Su condición de pescado azul, con grasa cardiosaludable, sólo añade un atractivo más.
La sardina tiene una carne gustosa que no requiere grandes artificios en su preparación. Quién no ha probado unas sardinas enteras, asadas a la parrilla o al espeto no conoce su auténtico sabor. Descabezadas y evisceradas -limpias de vísceras-, conservadas en aceite o escabechadas, son un manjar con el que regalarse a lo largo
de todo el año, sin olvidar las tradicionales ruedas de sardinas, arenques hoy casi desaparecidas de las tiendas de ultramarinos que, una vez peladas y sin espinas, componían deliciosos revueltos y tortillas. La clásica empanada gallega de xoubas, nombre con que se conoce a las sardinas norteñas más terciadas, combina los lomos del pescado con la zaragallada, un guiso de cebolla, pimientos y buen aceite que es
el ánima de las empanadas galaicas y que casa igual de bien con los pescados que con las carnes. Y qué decir de la versión mediterránea representada por una coca de verduras rematada por plateados lomos de sardinas. Un placer.
Protagonista de la buena mesa
La cocina más moderna viste lomos de sardina con el finísimo encaje de la masa de tempura japonesa. La emplea como relleno de cítricos, o son ellas las que albergan un picadillo de jamón, tomate o pisto, a modo de emparedados marinos. Pastas y patatas se acoplan de maravilla a las sardinas frescas o en conserva y sustituyen al atún en aceite
o escabeche dando un toque diferente a unas empanadillas o una ensaladilla rusa.
Su presencia se hace evidente por su olor ya sea en el momento de cocinarla, al comerla
e, incluso, cuando se recuerda. Lo mejor es asarla al aire libre, pero si se prepara en casa, se puede utilizar el microondas, o hacerlas en el horno cubierta de una gruesa capa de sal. Ayuda a reducir el olor quemar unas hojas de laurel o eucalipto y lavar los recipientes que han estado en contacto con ellas con un chorreón de vinagre o zumo
de limón. El placer del banquete bien vale el pequeño inconveniente aromático.
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