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Energía sin azufre contra la lluvia ácida

Una de cada cuatro especies de plantas mediterráneas pueden desaparecer a mediados de siglo, según la Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, un informe elaborado a petición de la ONU. Esta pérdida de biodiversidad se deberá a varios factores, entre ellos la lluvia ácida.

El agua que cae del cielo normalmente tiene un pH en torno a 5,5, pero cuando contiene disueltos ácidos sulfúrico y nítrico presenta un pH más bajo, es más ácida. Entonces sus consecuencias ambientales son graves: destruye la vegetación y al penetrar en el subsuelo disuelve metales pesados que envenenan los acuíferos.

Si los óxidos de azufre y de nitrógeno se combinan con el vapor del agua de la atmósfera forman estos ácidos. Estos gases no sólo vician el aire sino que desvirtúan el agua de lluvia. Por si fuera poco, en días de mucho sol se transforman en ozono, origen del esmog que cubre algunas ciudades y que provoca la lluvia ácida.

Combustibles más respetuosos

El dióxido de azufre procede sobre todo de la combustión de ciertos tipos de carbón mineral, utilizado en algunas centrales térmicas. El óxido nitroso que entre otras emisiones procede de los automóviles se está intentando reducir al máximo mediante combustibles avanzados y tecnologías como la inyección de los motores. Una forma esencial de reducir las emisiones de dióxido de azufre consiste en el empleo de combustibles con más bajo contenido de azufre. 

En este empeño se afanan desde hace más de una década las refinerías de Repsol. Así, la compañía hoy puede ofrecer productos respetuosos con el medio ambiente como las nuevas gasolinas EfitecEfitec 95, que tiene un bajo contenido en azufre, y Efitec 98, una gasolina que se ha conseguido desarrollar libre de azufre.

La ausencia de azufre favorece el rendimiento de los catalizadores, reduciendo las emisiones contaminantes y el consumo de los motores de última generación.

El término lluvia acida fue introducido a finales del siglo XIX por el químico británico Robert Smith, el primero que detectó este fenómeno en Manchester, donde observó que también erosiona la piedra y el hierro de los edificios. La lluvia ácida puede definirse como un mecanismo de autolimpieza de la atmósfera. La trasformación en ácidos de algunos gases se produce de forma natural.

La descomposición de las plantas, por la acción de las bacterias del suelo, y las erupciones volcánicas desprenden asimismo dióxido de azufre. La erupción del volcán Pinatubo, en Filipinas, originó una de las emisiones mayores de estos gases de los últimos cien años. Pero casi el 85% de esta contaminación está provocada, como se decía anteriormente, por la quema de combustibles, principalmente de las centrales eléctricas alimentadas con carbón. 

La acidez se mide según una escala de pH, en la que el número 1 corresponde a un nivel muy ácido y el 14 al más alcalino. La lluvia suele ser un poco ácida porque recoge las partículas ácidas del aire y forma una solución con un pH de 5,5. Pero en algunos lugares muy contaminados llega a niveles de 4,1. Dicen que cuando hay niebla densa o esmog cargados de dióxido de azufre, el propio aire puede ser más ácido que el zumo de limón, que tiene un pH 2.

Impacto ambiental 

Peces como las truchas mueren o dejan de reproducirse y otros organismos desaparecen si el agua de ríos y lagos se vuelve ácida. La lluvia cargada de dióxido de azufre además disuelve algunos de los elementos del sustrato que necesita la vegetación. Esta falta de nutrientes ataca sobre todo a las coníferas. La lluvia ácida es responsable de parte de la destrucción de bosques y cosechas. Algunas estimaciones apuntan que el 15% de los árboles de Europa están afectados, lo que acarrea graves secuelas para las aves y otros animales que pierden su hábitat.

Por otro lado, la erosión que genera la lluvia ácida a su vez causa mayor acidez en las precipitaciones. Y las personas también sufrimos debido a la exposición a la lluvia ácida, que es muy nociva para nuestra salud. 

 

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