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El turismo literario
Mujer tumbada en la playa leyendo

El turismo literario es un turismo atípico, no importan los lugares, sino no lo que en esos lugares ha pasado, en la realidad o en las páginas de un libro.

En esta forma alternativa de vacaciones las novelas pueden sustituir a las guías turísticas y ayudarnos a regresar a los escenarios de ficción.

Londres es uno de esos lugares en los que todo es una fabulación libresca. En Baker Street pueden verse los efectos personales de Sherlock Holmes y, entre otras curiosidades, una carta fechada en 1994 en la que el secretario del Príncipe de Gales responde amistosamente a una invitación del maestro de la deducción. En los jardines de Kensington se encuentra un pequeño Peter Pan de bronce; en su pedestal se aclara que se trata del chico que no quiso crecer, el inquilino más famoso del parque.
 
En Dublín, la ciudad que soporta el peso del 'Ulises' y que Joyce retrató mejor en los relatos de Dublineses, hay un itinerario de puentes que seguir. Es preciso visitar Grattan Bridge, en el que Little Chandler, el protagonista de 'Las pequeñas nubes' se sintió por primera vez «superior a la gente con la que se cruzaba» y pensó en escribir un poema. También el hermoso Ha´penny Bridge y, sobre todo, el ancho y bullicioso puente O´Connell, donde se detuvo el hombre que golpea a su hijo al final de Contrapartidas.
 
También en Nueva York hay tiempo para cazar fantasmas del pasado. Entre la Quinta y la Sexta Avenida está el hotel Algonquin, cuyo bar es una síntesis de todos los bares que aparecen en los cuentos de Dorothy Parker. Frente al P.J. Clark´s de la Tercera Avenida, Truman Capote colocó a Holly Golightly, aquella chica que adoraba Tiffany´s y «su encantador aroma a plata y billetero de cocodrilo».

El París de los libros
Cada esquina de París esconde un pasaje literario. Así, alrededor de los Jardines de Luxemburgo el viajero termina encontrando las casas de los Tres Mosqueteros: D´Artagnan vivió en la que hoy es la rue Servandoni, Athos en la contigua Ferou, Aramis en Vaugirard y Porthos en la rue du Vieux Colombier. No muy lejos de allí, en la rue de la Bucherie, está Shakespeare and Co., la mínima, polvorienta y legendaria librería fundada por un nieto de Walt Whitman. Cera, en Notre-Dame, una columna esconde la palabra griega que inspiró a Víctor Hugo para escribir Nuestra señora de París. El autor de Los Miserables solía frecuentar el restaurante Lapérouse, situado en el quai des Grands-Augustins.
 
Hay otras muchas ciudades: la Praga de Kafka, la Florencia de Stendhal y E. M. Forster, La Habana de Hemingway, Alejo Carpentier y Cabrera Infante. Este último describe la capital de Cuba con una extraña mezcla de precisión, sordidez y poesía en La Habana para un infante difunto. En un pasaje del libro, Cabrera recuerda con su estilo propenso al juego de palabras la tarde de 1941 en la que se sentó por primera vez en el Malecón y «los hados transformaron La Habana en un hada». Y está Viena, la ciudad en ruinas de El Tercer Hombre, en la que Martins y Harry Lime dan vueltas eternamente en una oxidada noria del Prater; y también la Viena dramática y heladora de la Carta a una desconocida de Stefan Zweig.
 
Madrid y Barcelona
Pero no es necesario cruzar el mundo para encontrar escenarios de ficción. En el Ensanche de la capital catalana el viajero reconoce el escenario de Nada< de Carmen Laforet, y en las Ramblas inicia el juego algo nostálgico de imaginar dónde está el despacho de Pepe Carvalho, el detective creado por Vázquez Montalbán que visitaba el Mercado de la Boquería con sofisticados intereses gastronómicos y acudía a comer a Casa Leopoldo en la calle San Rafael. Y Barcelona es también la única ciudad en la que se adentró Don Quijote. Allí conoció el mar, visitó una imprenta, participó en un combate naval, escuchó por primera vez el sonido de una escopeta y, en presencia del virrey de Cataluña, libró el que sería su último combate contra el Caballero de la Blanca Luna.
 
Madrid es también un almacén rebosante de libros viejos. Entre Espoz y Mina y Núñez de Arce, está la breve calle de Álvarez Gato, donde sobreviven los espejos cóncavos en los que Max Estrella y Latino de Hispális se reflejaron la noche que inventaron el Esperpento.  En El Retiro una estatua de Baroja recuerda Las noches del Buen Retiro y las tres novelas de La lucha por la vida, que retratan un Madrid lóbrego e industrial que ya no existe, como las chabolas que dibujó Luis Martín Santos en Tempo de Silencio. En la Puerta del Sol una placa señala el lugar donde estuvo el Café de la Montaña, en el que Valle-Inclán perdió un brazo, y en la calle de la Victoria está La Fontana de Oro, el salón en el que Pérez Galdós reunió a «la ardiente juventud de 1820».
 

17 de agosto de 2005


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