Durante los primeros años de vida es fundamental que se realice una correcta higiene bucal y se cuiden los primeros dientes desde el momento en el que aparecen.
Las encías inflamadas, un exceso de salivación e incluso fiebre o diarrea con algunos de los síntomas indudables de que un bebé va a empezar a tener sus primeros dientes.Esta dentadura “provisional” hasta que se realice el cambio por la definitiva, debe cuidarse desde el primero momento ya que, de lo contrario, puede derivar en problemas bucales.
La consecuencia más evidente de la falta de atención suele ser la aparición de caries, que afectan a casi un tercio de la población infantil en el estado español. Básicamente se deben a una acumulación de bacterias en la boca que, reaccionan con los azúcares de los alimentos ingeridos formando ácidos que disuelven el esmalte de los dientes.
De hecho, los dientes de leche pueden sufrir caries igual que los del adulto, incluso por las características propias de estas primeras piezas, una vez que se inicia la caries, ésta tiene un avance más rápido y afecta al tejido nervioso del diente más deprisa que en una persona mayor. Además, un exceso de azúcar unido a una falta de higiene puede llegar a provocar la pérdida de las piezas.
Limpieza diaria
Hay que empezar a limpiar los primeros dientes en cuanto éstos comiencen a salir, al principio con una gasa para evitar la formación de placa. A partir de los dos años ya pueden limpiarse con un cepillo apropiado a su edad, de cabeza pequeña y cerdas suaves, ya que, por lo general, para esta edad ha hecho aparición toda la dentadura.
Hay que concienciar a los niños de la importancia de cepillarse los dientes al menos dos veces al día, una por la mañana y otra por la noche antes de ir a dormir, utilizando un dentífrico con flúor, que endurece el esmalte y protege los dientes de los ácidos. Deben saber que hay que limpiar no sólo la parte visible de la dentadura, sino también aquellas zonas que no se ven, insistiendo bien en las muelas y enjuagando bien la boca para finalizar. Hasta que tengan unos siete años, los padres deben supervisar esta limpieza cotidiana, colocándose detrás del pequeño e inclinando su cabeza hacia atrás para con una mano mantener su boca abierta y con la otra cepillar los dientes, a poder ser delante de un espejo para que el niño aprenda.
Cabe preguntarse si es necesario extremar el cuidado de estos dientes ya que su permanencia en la cavidad bucal tiene los días contados. Sin embargo, son fundamentales para la correcta masticación, influyen en el crecimiento cráneo-facial y en el lenguaje (para poder pronunciar correctamente deben coordinarse perfectamente la lengua, los labios y los dientes) y sirven también para guardar el espacio que luego ocuparán los dientes permanentes.
La influencia de la alimentación
De hecho, si un niño pierde alguno de sus dientes de leche a temprana edad, los que se encuentran a su lado pueden tener tendencia a juntarse, con lo que a la hora de salir la dentadura definitiva puede que algunas piezas crezcan torcidas o incluso uno encima de otro. Además, hay que tener en cuenta que los últimos dientes de leche que se sustituyen son los molares, que no se pierden hasta los 10 o 12 años y hasta entonces deben realizar sus funciones correctamente.
La alimentación es otro pilar fundamental en el cuidado de los dientes de leche. Hay que procurar que los niños no abusen de los dulces y golosinas, porque generan gran cantidad de ácidos en la boca y también conviene evitar las comidas muy calientes o muy frías porque afectan al esmalte. En contrapartida, los alimentos ricos en calcio y fósforo, como la leche o las legumbres, fortalecen la dentadura y las frutas y vegetales duros como la manzana o las zanahorias actúan como un cepillo de dientes al morderlas.
En cuanto a las revisiones, conviene realizar la primera a los doce meses (algunos pediatras sugieren que es mejor cuando las 20 piezas que componen la dentadura de leche hayan salido, hacia los tres años) y posteriormente dos veces al año, para supervisar el crecimiento de las piezas y detectar posibles alteraciones en su posición.
Si el niño aprende a cuidar bien sus dientes desde pequeño, es probable que cuando sea adulto mantenga la costumbre como un gesto cotidiano de higiene.
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