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De nuevo en el trabajo: vuelta a la rutina … ¿o no?

Vacaciones, días de tiempo libre, viajes … todo toca a su fin. La vuelta al trabajo asoma como un momento crítico al que hay que enfrentarse y suele significar un ánimo decaído, al tener que volver de nuevo a las tareas habituales.

A lo largo del período estival, el ritmo normal de vida se altera: los horarios se relajan, se realiza más actividad física y se come a distintas horas. Tras los días de descanso y esa sensación de libertad que proporcionan, volver a recuperar el ritmo de trabajo que se mantiene a lo largo de todo el año, regresar a un horario no elegido y asumir una carga laboral, suele ser una tarea dura de afrontar que muchas veces provoca ansiedad. 

De nuevo aparecen los horarios, las exigencias deben cumplirse y todo ello supone, en ocasiones, problemas de adaptación con situaciones de irritabilidad, dificultades para dormir, problemas de estómago y un estado de ansiedad generalizado. Además, no hay que olvidar que la vuelta al trabajo coincide con un período de cambio estacional que conlleva el acortamiento de los días y el empeoramiento paulatino del clima, factores que habitualmente inciden en el ánimo de las personas.

Síndrome pasajero
Hay personas que disfrutan pensando en volver a sus tareas. Otras, sin embargo, no son capaces de afrontar las exigencias cotidianas y lo que en principio se planteaba como un síndrome postvacacional sin mayor trascendencia, puede ser el comienzo de un trastorno depresivo. Según plantean algunos estudios, es un aspecto cada vez más común en el individuo occidental y se considera que el 35% de los españoles sufre este síndrome, caracterizado por nervios, decaimiento o sensación de vacío, pudiendo incluso somatizarse como dolor de cabeza, sudoración, diarreas o insomnio. Estos síntomas duran unos días pero no se considera una enfermedad mental. 

Por lo general, las personas que más sufren este síndrome postvacacional suelen ser aquellas cuyo trabajo conlleva grandes responsabilidades, pero también las que están descontentas con la tarea que realizan, bien porque no ven salida a su trabajo o no se sienten implicados con lo que hacen. Por otra parte, este síndrome también puede aparecer motivado por circunstancias personales o familiares ya que, en ocasiones, volver a la rutina cotidiana en la casa significa regresar a situaciones de conflicto que se reflejarán en la vuelta al trabajo. 

Suele ser recomendable, en la medida de lo posible, repartir las vacaciones a lo largo del año, de forma que se pueda disfrutar de varios descansos escalonadamente. De cualquier forma, hay pautas orientativas que pueden hacer más llevadero ese retorno. 

Aprender a motivarse
En principio, es bueno ponerse en contacto progresivamente con la rutina, volver algunos días antes de vacaciones, organizarse con el nuevo horario y así no incorporarse de golpe al trabajo. Una opción es solicitar a la empresa un horario flexible durante los primeros días, con el fin de irse readaptando a esta vuelta.  

Conviene preparar las obligaciones con una cierta antelación a la reincorporación laboral ya que, por estas fechas, el cuerpo todavía está ‘de vacaciones’ y cuesta más organizarse. Hay que planificarse bien, ser más ordenado y, por supuesto, encontrar también tiempo para uno mismo y así mantener los buenos hábitos que se han practicado en verano como leer o hacer más ejercicio. En este sentido, los fines de semana pueden ser una forma de continuar los días de ocio pasados, preparando salidas atractivas o alternativas que eviten caer en la monotonía. 

Decir adiós a este período puede resultar difícil. Sin embargo hay que aprender a motivarse con las pequeñas vivencias cotidianas, tanto a nivel de la familia y en casa, como en el trabajo con los compañeros. Por otra parte, el comienzo del curso laboral puede servir como punto de arranque para plantearse retos como aprender idiomas, perfeccionar la formación, apuntarse a un gimnasio, mejorar los hábitos alimenticios o dejar de fumar. 

No hay que ver el trabajo como una desgracia, por eso se recomienda mirar sus aspectos positivos e intentar mejorar, en la medida de lo posible, los negativos. Aunque muchas veces es inevitable, no es nada recomendable llevarse el trabajo a casa. Si durante el tiempo que se ha estado fuera se ha producido una acumulación de tareas, es necesario establecer una escala de prioridades. De esta forma el trabajo irá saliendo delante de forma escalonada. 

En los momentos en los que alguien se sienta desmotivado es fundamental que visualice los objetivos que se plantea conseguir y, de esta forma, hechos como tener que madrugar o no disponer de tanto tiempo libre serán más llevaderos. Conviene recordar que el trabajo no es un enemigo, sino una herramienta para poder vivir y conseguir dinero para las próximas vacaciones.

3 de septiembre de 2007


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