
Diarreas, vómitos, náuseas, dolor abdominal o fiebre, son los síntomas comunes de las infecciones estomacales, que pueden estar provocadas por una simple gripe o la ingesta de alimentos en mal estado y de agua contaminada. Aunque existen tratamientos eficaces para paliarlas, no hay mejor forma de enfrentarse a ellas que prevenirlas.
¿Quién no ha sufrido alguna vez una infección estomacal? Se trata de una dolencia muy común que no respeta edades, es habitual en los niños y cuya frecuencia se debe a que el contacto con los microorganismos que la originan es muy fácil. A veces, basta con tocar a una persona infectada o compartir con ella objetos cotidianos.
Tampoco resulta difícil comer alimentos en mal estado de los que desconocemos la forma en que han sido elaborados y conservados.
Pero la prevención puede evitar muchos de estos trastornos, que tienen su origen en virus, bacterias y parásitos. Mientras que los dos primeros son capaces de sobrevivir durante algún tiempo en el exterior del cuerpo humano, encima de una mesa, en un juguete o sobre las barras de un vagón de metro, los parásitos necesitan de un organismo vivo que los albergue. Tanto unos como otros, una vez instalados en el tracto digestivo, y cuando el sistema inmunológico es incapaz de destruirlos, provocan dolor, diarrea, vómitos, fiebre y otros síntomas, a veces virulentos, que alertan de que la infección está en marcha.
Uno de los trastornos más conocidos es la salmonelosis, causada por una bacteria llamada salmonella. La infección dura alrededor de una semana y generalmente se cura sin necesidad de tratamiento, aunque existen casos graves que requieren el ingreso en un hospital. La salmonella suele contaminar animales y pasa al ser humano a través de su carne, pero también está presente en los vegetales. La desventaja de esta dolencia es que los alimentos con salmonella no presentan un aspecto u olor que delate su presencia, y la ventaja, que el cocinado la destruye. Por tanto, el riesgo se encuentra en consumir productos crudos.
Así, las medidas de prevención radican en prepararlos al calor, en tener cuidado con los utensilios donde se manejan crudos, lavándolos bien para que la bacteria no pase de unos a otros, y en mantener una buena higiene de las manos. También es importante tomar productos lácteos pasteurizados. La buena conservación, en la nevera, y la conveniente separación y empaquetado una vez en ella de las carnes y huevos, pueden igualmente evitar el problema.
Otro tipo de bacteria que ataca al estómago es la E coli. Algunas de sus variantes son inofensivas, y la mayor parte de los contagios se producen a través de la carne de vaca y también por el agua. Para eludir el contagio es necesario que la carne esté bien pasada, y beber sólo agua con las garantías necesarias de salubridad. Es imprescindible evitar ingerir agua de piscinas públicas o aguas dulces, como las de los lagos.
Una clase de bacteria que ataca al intestino es la Clostridium botulinum, responsable del botulismo. No es frecuente y se desarrolla en espacios cerrados y sin oxígeno, como las latas y los alimentos envasados al vacío.
Dentro del grupo de infecciones virales cabe señalar aquellas que proceden del agua contaminada. En estos casos, la mejor prevención es tomar aguas tratadas, y cuando se desconoce si lo han sido, optar por el agua embotellada.
Un tipo de virus que suele atacar a los más pequeños es el rotavirus. Normalmente se contagia a través de las heces, por lo que los niños son muy proclives a infectarse porque se tocan los pañales, en las guarderías comparten baño y se divierten con los mismos juguetes, que además se suelen llevar a la boca. De nuevo, es la higiene la mejor forma de evitar el trastorno. Procurar que los pequeños se laven las manos, lavárselas los adultos que les cambian los pañales e intentar que estos últimos sean impermeables, son buenas medidas.
En los últimos tiempos, cada vez son más las personas que viajan a países exóticos por razones profesionales o para hacer turismo. Durante estos viajes es posible contaminarse con parásitos, virus y bacterias que atacan al estómago, y no pocos sufren el azote de diarreas, fiebre y vómitos que arruinan sus vacaciones. En estas situaciones, las medidas preventivas resultan básicas. De nuevo hay que extremar el cuidado con el agua, eludir la ingesta de alimentos crudos y lavarse las manos con más frecuencia de la habitual. Es mejor no probar las ensaladas.
Dolencias como el cólera o la fiebre amarilla se pueden evitar mediante la vacunación, que a veces es sólo por vía oral. No está mal ponerse en contacto con las oficinas del viajero presentes en algunos hospitales, con el fin de conocer qué tratamientos son necesarios, antes de acudir a estos lugares.
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